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Tradición y modernismo

El Nacimiento del Arte de la Mano Vacía:

A lo largo de su historia, y por su estratégica situación, Okinawa a tenido que soportar constantes invasiones por parte de potencias extranjeras. Para evitar levantamientos del pueblo, los gobernantes prohibieron en mas de una ocasión, no solo la tenencia de armas, sino incluso la práctica de cualquier disciplina marcial. Al parecer en la isla de Okinawa había florecido un tipo de lucha indígena, conocido como Tode, Te o Tí. Este sistema autóctono de combate iría poco a poco enriqueciéndose con los conocimientos que llegaban del continente, a través de los frecuentes contactos comerciales que Okinawa siempre mantuvo con China, y así es como los habitantes de la isla, asimilando las nuevas corrientes e imprimiéndoles su especial carácter isleño, concebirían ese arte único y personal que hoy los caracteriza por el mundo entero.

Las frecuentes prohibiciones a que fue sometido el Karate-Do, dieron como resultado el que su enseñanza fuera mantenida siempre con el mayor secreto, y por esta razón apenas existen textos a los que podamos remitirnos para saber como fue en realidad su evolución histórica. A esta circunstancia hay que agregar la devastadora acción de la II Guerra Mundial, que acabó con la mayor parte de los archivos históricos de la isla.

Desde los primeros tiempos, y por la propia concepción filosófica oriental del combate, el entrenamiento del Karate-Do estuvo dirigido a  cultivar las características del guerrero en su más alta expresión, tanto a nivel físico como mental y espiritual. Así, el practicante, poniendo un gran énfasis en el estudio y práctica de las virtudes del coraje, de la humildad, del respeto y del autocontrol, se entregaba en cuerpo y alma a perfeccionar una serie de habilidades que no solo podrían salvar su vida en un momento determinado, sino que además promovían el descubrimiento y desarrollo de ciertas capacidades superiores inherentes a la humana naturaleza.

El Karate-Do de la Tradición:

A diferencia de las modernas adaptaciones del Karate-Do, la disciplina de los antiguos okinawenses no parecía ser abundante en cuanto al número de técnicas o de formas. El entrenamiento del Arte, tal como nos ha sido legado por la tradición, estaba conformado por tres unidades fundamentales de práctica bien definidas, a saber, Kihon, Kata y Kumite.

La primera parte, Kihon o Fundamentos del Arte, hacía referencia al estudio y desarrollo de las técnicas básicas, consideradas tanto individualmente como en pequeñas secuencias lógicas de defensas y contraataques. A un nivel que va más allá de la mera adaptación física al momento del combate, el Kihon encarnaba la fuente viva en donde el practicante honesto y sincero bebía a diario la enseñanza que le iba otorgando su propia evolución. Para el pensamiento oriental, toda actividad humana está regida por inalterables leyes cósmicas, y en sí misma es una manifestación del movimiento infinito. Así, cada técnica de Karate-Do encierra también toda la armonía del Orden del Universo, por lo que, con independencia de su aplicación práctica a la defensa, la profunda comprensión de cualquier movimiento constituye un primer paso hacia el desarrollo de un nivel superior de consciencia.

Pero descubrir el eterno valor de una técnica es algo que solo puede lograrse a través de la unificación del cuerpo en la acción y de la mente en el sentimiento. Para ello, el practicante debe buscar incesantemente la perfección en todos sus movimientos, sin pensar en lo que ha conseguido sino en lo que le falta por conseguir. Cuando se está satisfecho con una técnica cesa el desarrollo. La técnica como tal, es una etapa que hay que trascender, por supuesto, pero no por aburrimiento, sino por la profunda realización de su verdad intrínseca. Y esto se manifiesta solo cuando se ha desarrollado la consciencia de ser Uno con el movimiento.

Las Kata o Formas, personificaban la columna vertebral del Karate-Do y nacieron como resultado de largos años de investigación y experiencia por parte de esclarecidos maestros que consagraron sus vidas al desarrollo de la lucha con las manos desnudas, observando la Naturaleza y adaptando sus principios al arte del combate. La práctica de las Kata apareció probablemente como sistematización de las técnicas marciales en su aplicación más directa al combate real. Su primer objetivo sería el de enseñar al practicante la mejor utilización del tiempo, del espacio y de la energía en el momento de la lucha. Pero por su especial diseño, también encuentran una aplicación directa en el fortalecimiento y unificación del cuerpo y del espíritu, constituyendo verdaderos sistemas de meditación dinámica que algunos monjes budistas utilizan para alcanzar el Taikyoku o Gran Unión con el Infinito Universo.

En sí mismas, las Kata contienen la verdadera esencia del Karate-Do, pero sus secretos solo pueden ser desvelados a través de la práctica. Pretender comprender el espíritu de las Formas por medio del estudio o por el discurso intelectual es tan inútil como creer que uno puede alimentar el cuerpo simplemente leyendo un libro de recetas de cocina. La trascendencia espiritual de las Kata se refleja en sus nombres que, con frecuencia, simbolizan ciertos conceptos budistas.

Por último, el Kumite o Combate, sería el tipo de entrenamiento que potenciaba la capacidad de reacción para la aplicación precisa de las técnicas, en el tiempo y en el espacio, a través de un peligro inmediato creado por la entrada en escena de un adversario real. En su forma más básica, la práctica del combate se iniciaba preestableciendo las técnicas que iban a ser utilizadas, y acordando de antemano quién de los dos practicantes iba a llevar a cabo las acciones de ataque y quien iba a adoptar el papel defensivo (yakusoku kumite), todo ello en una adaptación directa de los movimientos del Kihon. También se estudiaban las técnicas de las Kata en sus aplicaciones prácticas (bunkai kumite).

Otra forma de entrenamiento mas avanzada era aquella en la que los movimientos podían ser indiscriminados, con ataques simples (ju ippon kumite), con varios ataques (sambon kumite), o incluso sin ningún tipo de acuerdo en cuanto a la distribución de los papeles de atacante y defensor, en una verdadera expresión libre de las Kata (jiju kumite). La práctica deportiva del combate (shiai kumite), tal como se conoce hoy en día, es muy reciente.

Este planteamiento general sigue siendo, en principio, el programa de entrenamiento de la mayoría de las modernas escuelas de Karate. Pero el espíritu con que se entrena actualmente es diferente.

El espíritu antiguo:

Al observar la actuación de algunos grandes Maestros de la primera mitad del siglo XX, a través de los pocos documentos cinematográficos que han llegado hasta nosotros, podría pensarse que su nivel técnico no era excesivamente bueno, y que tal vez cualquier competidor actual podría derrotarlos con facilidad. Y es muy probable que así fuera, si el encuentro se desarrollase con las actuales reglas deportivas. Pero en una pelea real, las cosas serían muy diferentes.

El secreto radica en la diferencia de mentalidad. El objetivo prioritario del Karate-Do tradicional siempre fue la autodefensa, no la competición, ni mucho menos la agresión a los demás. Nació con ese espíritu y así se enseñaba en Okinawa. Esto queda manifiesto en el hecho de que todas las Kata se inician con un movimiento de defensa.

Cuando se producía una situación de peligro, este era real. Así los antiguos se entrenaban con una entera  dedicación y endurecían su cuerpo hasta límites insospechados, porque sabían que su supervivencia dependía en gran parte de su habilidad en el combate. Su mente estaba orientada hacia el desarrollo de todo su potencial y para lograrlo no reparaban en sacrificios haciendo del Karate-Do su verdadero y único camino. Pero por otra parte, la expectativa de vida antaño era indudablemente menor que en nuestros días, y pocos eran los que, en aquella época, alcanzaban edades avanzadas. Tampoco las buscaban. Como consecuencia no existía una verdadera consciencia de los serios problemas de salud que el riguroso entrenamiento de toda una vida podía acarrear al organismo en las últimas etapas de la vida.

Creemos sinceramente que hoy en día sería un error entrenarse como lo hacían los karatekas de épocas pretéritas. Como ya hemos indicado, las circunstancias actuales han cambiado mucho y, quizá afortunadamente, ya ha pasado el tiempo en que, para la inmensa mayoría de los seres humanos, vivir era sinónimo de estar en constante alerta.

La Expansión del Karate-Do

El Karate-Do fue presentado oficialmente por primera vez fuera de Okinawa hacia el año 1917, en que el Maestro Funakoshi, invitado por el Butokuden de Kyoto (actual Budokan, organismo oficial de todas las Artes Marciales japonesas con sede en Tokyo), realizó una demostración, representando a la Prefectura de Okinawa. Rápidamente atrajo la atención del público en general, y de los universitarios en particular, y aunque en principio se encontró con la oposición del sector tradicional japonés, pronto fue admitido entre los Budo, o Artes Marciales japonesas. Al igual que habían hecho anteriormente los okinawenses con las disciplinas chinas, los japoneses “niponizaron” el nuevo Arte Marcial y le imprimieron el espíritu de los antiguos Bushi (Samurai o Guerreros japoneses), estableciendo así unas ciertas diferencias de formas entre el Karate-Do de Okinawa y el Karate-Do japonés.

Esta expansión promovió los encuentros amistosos entre los diferentes clubes, y con la competición deportiva, el Karate-Do fue definitivamente catapultado al estrellato. Así llegó a ser conocido hasta en los últimos rincones de la tierra, y actualmente puede practicarse en casi todos los países del mundo.

Pero, como sucede con todas las cosas, la cantidad altera la calidad, y esto es así, además, porque entre otros factores, y como ya hemos apuntado, en los últimos cincuenta años la sociedad ha experimentado profundos cambios en el mundo entero. Excepto en algunas pocas ocasiones el peligro de sufrir ataques reales es mas bien infrecuentes en nuestros días.

Para la mayor parte de los seres humanos, la situación es diferente a la de sus antepasados y la necesidad de autoprotección no es tan imperiosa como lo fue en épocas anteriores. Consecuentemente, el entrenamiento de las Artes Marciales en general ha ido orientándose de una manera natural hacia otros rumbos menos determinantes. La organización de la sociedad moderna ofrece una relativa seguridad y, desde luego, demasiadas comodidades, que, como todas las cosas, también presenta un lado negativo; en efecto los adelantos tecnológicos han solucionados muchos de los problemas que nuestros ancestros se veían obligados a afrontar diariamente, y que mantenían su cuerpo entrenado y sus instintos constantemente alerta. Con tantas facilidades, el ser humano ha puesto en olvido gran parte de ese espíritu de lucha que le permitió sobrevivir en el pasado.

El Karate-Do ha tenido que adaptarse a los nuevos tiempos, pero en este cambio ha perdido mucho de su antigua esencia. Antes directo, integrador y, quizás, poco vistoso, el Arte de la Mano Vacía aparece hoy especializado, dividido y, a falta de valores más profundos, impregnado de estética. Esto es particularmente notable en la práctica de las Kata. En el pasado era normal dedicar todo un año al aprendizaje de una sola forma. Algunos maestros obligaban a sus alumnos a profundizar en el estudio de una Kata concreta durante tres años antes de pasar a enseñarles la siguiente. Pero en el Karate-Do moderno, las Kata han dejado de ser la columna vertebral del Arte y ya no sirven como entrenamiento básico, entre otras cosas porque sus técnicas no pueden aplicarse realmente al combate deportivo. Para la mayoría de los practicantes, las Kata son algo que hay que aprender fundamentalmente para pasar de grado, porque así está establecido.

Algunos piensas que son importantes simplemente porque constituyen una especie de diccionario de técnicas, pero poco más. Otros la utilizan como medio de calentamiento…

La realidad es que para la concepción moderna del combate, las Kata tienen poca utilidad práctica. Con la competición las Kata están experimentando un auge desconocido hasta ahora. Pero, esas formas que se presentan en los campeonatos, ¿son realmente Kata en toda la extensión del concepto?. Cuando realizaban una Kata delante de otros practicantes, los antiguos karatekas solían decir: “Voy a mostrarles mi Forma”, indicando así que lo que iban a ejecutar era en realidad su particular interpretación, es decir, la manera en que ellos la entendían de acuerdo con su nivel personal de evolución dentro del Arte Marcial.

Hoy en día, las normas de competición han igualado la práctica de las Kata para todo el mundo, y forzoso es reconocer que, a nivel técnico, y por ende estético, se han alcanzado altos niveles de ejecución técnica.

La pregunta sería: ¿Puede acotarse una Kata en el tiempo y en el espacio?. Más bien da la impresión de que lo único que se persigue actualmente es llegar a ser una representación técnicamente correcta, bien desarrollada y estéticamente aparente. Y desafortunadamente, estos son los conceptos que priman en el entrenamiento, no solo de los competidores, sino de los practicantes en general. Siendo así, cualquier bailarín una vez aprendidos sus movimientos (lo cual no le resultaría excesivamente complicado), podría representar fácilmente, y aún con más garbo y dramatismo, cualquier Kata, pero obviamente, eso tan solo sería una danza guerrera, una coreografía marcial, no una verdadera Kata.

A la búsqueda de los valores perdidos

Adecuado a los nuevos tiempos, el Karate-Do reúne una serie de ventajas que lo colocan entre las actividades más factibles y completas para el moderno ser humano: no requiere una especial predisposición física, ya que está basado en la capacidad motriz del individuo y cada practicante, con independencia de su sexo y condición se puede beneficiar del entrenamiento a partir de su circunstancia personal. Tampoco precisa de unas instalaciones concretas ni de un equipo específico. Puede comenzarse a cualquier edad. Es un tipo de ejercicio totalmente equilibrado en cuanto a que no existe un predominio del lado derecho sobre el izquierdo. Desarrolla la flexibilidad, la velocidad y la fuerza, y un largo etcéteras de ventajas físicas y psicológicas que se derivan de la propia idiosincrasia de las Artes Disciplinarias.

Por otra parte no hay que olvidar que la práctica del verdadero Arte Marcial lleva implícita la sublimación de la agresividad a través del desarrollo del espíritu. Si no se le da una salida natural, la violencia termina por crear conflictos internos que desembocan en todo tipo de alteraciones orgánicas (enfermedades) y sociales (guerras). Es un hecho constatado que, para evolucionar, la humanidad precisa de retos a los que enfrentarse, es decir, el hombre necesita pelear, de la forma que sea, pero pelear a fin de cuentas. En este aspecto, las Artes Marciales, ofrecen una airosa salida a esa necesidad al permitir al ser humano ejercitar su espíritu de combate de una manera lógica y consciente. Así, bien entendida, la competición deportiva puede sustituir muy bien a la guerra y ayudar al hombre a entender, encauzar y aprovechar su natural impulso violento para su desarrollo integral, sobre todo en la edad joven en que la sangre hierve en las venas.

Pero, ¿qué sucede cuando, por ley natural, se supera esa etapa de formación y reafirmación, por otra parte necesaria, en la vida de todo ser humano?.¿Qué pasa cuando, apaciguada la Naturaleza física por el paso de los años, comienzan a manifestarse las necesidades espirituales y no se halla respuesta a las preguntas que vibran dentro de todo ser humano?. Si solo se ha perseguido la conquista de un trofeo, si el entrenamiento ha estado dirigido prioritariamente a la consecución de fines materiales, lo único que queda es un montón de recuerdos, y, con un poco de suerte, no demasiadas lesiones. Y un gran vacío…

En este punto, muchos practicantes abandonan el entrenamiento, desencantados al no haber encontrado aquello de lo que un día oyeron hablar o incluso llegaron a presentir. Pero, ¿lo buscaron realmente? ¿Fueron instruidos adecuadamente?. Aquí es donde el antiguo Arte de la Mano Vacía puede revelarse como auténtico camino de perfección física y espiritual. Pero si queremos que el Karate-Do tradicional demuestre su verdadero e indudable valor, es necesario darle la oportunidad de hacerlo, y para ello hay que profundizar en la esencia pura del arte, ese espíritu elegante e infinito que subyace en el alma profunda de las Kata.

Una última Reflexión

No se trata de cambiar las cosas, sino de darles contenido. Nuestra propuesta, si es que la hubiera, abogaría por la rehabilitación del espíritu del Do en la práctica del Karate. En realidad es tan solo una cuestión de sentido común.

Si analizamos objetivamente la actual situación de la sociedad, llegamos a la conclusión de que, hoy mas que nunca, la humanidad necesita de una disciplina integradora que sea capaz de devolverle su fe y autoestima, ofreciéndole una vía de evolución. Obviamente, el Karate-Do y las Artes Marciales no son el único camino, pero en nuestra humilde opinión, cuando son aprendidas y practicadas adecuadamente presentan la ventaja de forma simple y directa a todas las necesidades evolutivas del ser humano. Sin dogmas insondables, sin preceptos inalcanzables, día a día y a partir de la propia realidad circunstancial del individuo.

Tal vez los planteamientos del Karate-Do Tradicional estén ya desfasados, quizá su momento haya pasado, pero los valores que lo hicieron fuerte y poderoso siguen ahí, y las verdaderas causas que dieron origen a su nacimiento también están presentes de alguna manera.

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